Luego de una divertida alusión a las múltiples representaciones del Diablo y sus manifestaciones, en donde el mismo director encarna la figura de un promiscuo Satanás a cuyos brazos se rinde una "embrujada" sonámbula desnuda, pasamos al tercer capítulo en donde la película focaliza en el rol de los Inquisidores y la feroz persecución que se ejerció sobre toda aquella persona sospechada de perpetrar hechizos contra los miembros de la sociedad. El criterio de acusación se basaba prácticamente en el aspecto del acusado, y dada la fama de viejas decrépitas que desde siempre se le otorgaron a las brujas, las que mayor riesgo corrían de caer bajo el prejuicio de la gente y, lo que era aún peor, la siniestra acción de los Inquisidores, eran las ancianas que mendigaban en las puertas de las casas de los burgueses. Es lo que le sucede a la pobre Maria, la Tejedora, quien no tiene mejor suerte que la de caer a pedir pan en la casa de un enfermo a quien el dictamen de un ridículo ritual hecho con plomo lo diagnostica como "hechizado". Anna, la sufrida mujer del enfermo, influenciada por el diagnóstico del curandero y los prejuicios de su época, hace caer el peso de la acusación sobre María, a quien toman como prisionera y llevan ante los Inquisidores para ser sometida a toda clase de torturas. Ante el cruel trato recibido, la anciana comienza una falsa "confesion" en la que, con los exhortos interrogadores presentes, describe toda una serie de ritos satánicos de los que ella habría fornado parte. Esto da pie a que el director represente estas secuencias, que se encuentran entre lo mejor de toda la película: vuelos sobre escoba, diablos soplando cuernos y golpeando timbales, pisoteos y escupitajos sobre crucifijos, bebés sin bautizar arrojados a un caldero hirviendo y, lo mejor, la orgía en la que las mujeres participantes besan el trasero de los demonios. El peso de la acusación se vuelve contra Anna y su familia, quienes, según el falso testimonio de María, la Tejedora, formaban parte de esos rituales. Hay una frase que aparece poco después y que resume perfectamente el grado de peligro que llevaban consigo los prejuicios sociales de la época (no privada de un elegante sentido del humor):
Durante la época de brujería era peligroso ser vieja y fea,
pero tampoco era seguro ser joven y guapa.
Anna es capturada en su hogar junto a su madre y sirvienta por los Inquisidores y sometida a los mismos sufrimientos que María, la Tejedora. El hermano John, uno de los más jóvenes y piadosos integrantes de la Inquisición, se siente tentado ante la presencia de la atractiva Anna, y le pide a uno de sus "hermanos" que lo castigue porque sus sentimientos son pecaminosos. El hermano, siempre bien predispuesto para limpiar culpas ajenas, toma el azote y flagela a John, a quien suponen "hechizado" por acción de la joven Anna; el hermano debe firmar, a instancias de sus duras autoridades, una acusación de "bruja" contra la joven. Como si esto fuera poco, los inquisidores no dudan en ejercer prácticas de extorsión contra los acusados, como por ejemplo, prometerles la liberación en secreto si les revelan como generar truenos con agua. Cuando la persona acusada, víctima de la desesperación, cede ante este capricho de sus jueces, deciden inventar algo al respecto, atribuyéndose a sí mismos falsas cualidades hechiceras. La acusada es sorprendida "in fraganti" por alguna autoridad en el medio de su "confesión" y así se ratifica su destino inmediato de arder en la hoguera. Si bien este es el tramo más melodramático del relato, Benjamin Christensen no puede evitar el humor en la ridícula temerosidad que le adjudica a los inquisidores, sobre todo en aquella escena donde el hermano John presencia escondido la trampa que le tienden a la joven Anna para que les enseñe algunos trucos de brujería bajo la promesa de ser liberada. Al verla romper en llanto, John trata de convencer al severo Padre Henrik de que una verdadera bruja no podría llorar, a lo que recibe como respuesta:
"¡Muchacho estúpido! ¿No sabes que las brujas se untan en secreto con saliva, para que creamos que son lágrimas?"
La película sigue con una descripción detallada de las prácticas de la Inquisición, exhibiendo ilustraciones de "interrogatorios" así como también mostrando auténticos instrumentos de tortura y explicando su funcionamiento con actores. Alcanza conque la mano del torturador simule el movimiento de activación de cada mecanismo para que nos podamos imaginar el escabroso resto. Christensen llega al punto de probar el "retuerce-pulgares" en una de sus actrices, según lo que dicen los intertítulos, por "insistencia" de la misma actriz. A esto le sigue una divertida secuencia de posesiones demoníacas en un convento, donde una beata, la hermana Cecilia, es tentada por el diablo para cometer un acto de herejía en pleno altar. Las hermanas descubren la "confabulación", pero a esa altura el maligno ya tomó posesión absoluta a través de su influjo y todas se entregan a una frenética danza de la que la espantada hermana superiora rehúye ocultando su cabeza bajo una tarima como un ñandú.
En el séptimo y último capítulo, el director se sitúa en la actualidad (1922, dado el año de realización de esta película) para efectuar un análisis de las equivalencias entre las viejas supersticiones con las de nuestro tiempo. Para ello se vale de una exhibición de "freaks" cuyas deformidades hubieran derivado en una cruel persecución siglos atrás, mientras que hoy, estas ancianas jorobadas y tuertas deben recibir ayuda de los comedores públicos. El grado de honestidad que Christensen exhibe con los espectadores a través de los intertítulos permite dar una idea del compromiso que el realizador tuvo a la hora de abordar el tema, que sin anular su potencial cómico le permiten reflexionar sobre la linealidad del pensamiento humano y su dudosa evolución a la hora de lidiar con las supersticiones. El director muestra a la anciana actriz que interpretó a María, la Tejedora, diciéndole que ella cree en el Diablo y que éste se le ha aparecido varias noches sentado sobre su cama. Si bien Christensen es respetuoso con el testimonio de su actriz, también muestra lo endeble que resultan estas creencias al dotar la observación de una mirada objetiva, exhibiendo el pequeño cuaderno de oraciones que mantienen a la anciana a salvo de la mala influencia de Satanás. Que el director presente a sus actores en el plano real de las cosas y fuera del rol que venían desempeñando con sus personajes constituye un insólito (para la época) acto de explicitación de la condición representativa del cine, cuando no muchos se atrevían a violentar ese pacto con el espectador. Christensen prosigue advirtiéndole al espectador que una misma actriz se encargará de personificar a diferentes mujeres de la "actualidad", víctimas de diferentes signos de histeria de los que el director se sirve para trazar un interesante paralelo con las posesiones demoníacas de antaño. Así es como resulta sencillo equiparar a los sonámbulos ó los cleptómanos con aquellos extraños poseídos que salían por la noche al encuentro con el Diablo, para luego no recordar nada al despertar. Una paciente muesta insensibilidad física ante los contactos de un médico que exhamina su espalda, y el director recurre a un montaje paralelo en el que, en la Edad Media, los Inquisidores le hacían creer a los prisioneros que habían estado torturando por la espalda al acusado y que éste ni siquiera había sentido dolor alguno cuando, en realidad, no se había producido ningún contacto físico entre el instrumento de tortura y el cuerpo de la víctima. Esta supuesta "inmunidad" era lo que le confería a la persona su supuesto "status" de bruja, por lo cual la acusación de los inquisidores quedaba fortalecida ante la incredulidad del acusado. El diagnóstico del médico para con la paciente resulta ser de "histérica", y recomienda a la madre que su hija permanezca internada en la clínica. Hay una línea de texto brillante que pone de manifiesto el humor ácido de su director al abordar este paralelismo entre brujería e histeria y su sistema de equivalencias:
"¡Pobre brujita histérica!
En la Edad Media hubieras tenido problemas con la Iglesia.
Actualmente los tienes con la ley".
Häxan está bastante lejos de ser una película misógina; que la totalidad de las acusaciones de brujería hayan recaído sobre mujeres, y que las víctimas de estas supuestas posesiones también las hayan incluído en su mayoría a ellas solo habla de un desprecio al sexo femenino ejercido por el dominio imperante de la lógica masculina volcado en la figura de las autoridades políticas y religiosas a lo largo de los siglos. Dado que las víctimas excluyentes de estas persecuciones han sido mujeres, resulta sensato que el director ejemplique desde la actualidad (bueno, desde principios del siglo XX), los signos de histeria manifestados en la sociedad corporizados en la figura femenina.

No hay comentarios:
Publicar un comentario